sábado, 26 de diciembre de 2009

"La contrainterpretación" Susan Sontag

Susan Sontag: “Contra la Interpretación”

Susan Sontag (1933) es considerada una de las intelectuales más influyentes en la cultura estadounidense de las últimas décadas. Escritora, directora de cine y miembro de la Academia Americana de Letras, es licenciada en Letras en la Universidad de Chicago (1951); cursó un Doctorado en Filosofía en la Universidad de Harvard (1957); cursó estudios en la Universidad de la Sorbona, en Francia; y fue profesora en el Departamento de Religión en la Universidad de Columbia. Su primera novela fue “El Benefactor”, escrita en 1963, y le dio la posibilidad de escribir en Harper’s, The New York Review of Books y en The Partisan Review. En los sesenta, influenciada por el momento histórico-cultural que se estaba viviendo, publicó “Contra la interpretación” (1968), una recopilación de ensayos en los que exploró la interpretación de la realidad humana, cultural y artística. Su presencia pública también está signada por su papel como activista de los derechos humanos.

RESEÑA: “Contra la Interpretación”

En “Contra la Interpretación”, Susan Sontag asume una postura defensora del arte más allá del contenido porque éste es un obstáculo: abusar de su idea es abusar de la interpretación. Luego de realizar un recorrido en la historia sobre la interpretación, Sontag sostiene que interpretar es sinónimo de traducir: “un acto consciente de la mente que ilustra un cierto código, unas ciertas reglas de interpretación”. De esta manera, la interpretación pretende resolver la divergencia entre el significado del texto y las exigencias del lector. Y si se ha llegado a esta instancia es porque el texto ha resultado en cierto modo insatisfactorio para el lector. Sin embargo, por esa misma razón no puede “ser desechado”, sino que necesita ser aceptado en una nueva refundición: otorgándole un significado atractivo para el lector y alejándolo de su significado original.
Defender el arte, para Sontag, es una prioridad. Teniendo en cuenta esto, sólo se discutirá de qué manera se lo defiende. En este sentido, la interpretación (o reelaboración) nunca es aceptada por quienes la llevan a cabo, porque siempre se muestran como los defensores de otros lectores debido a que se develó el significado oculto del texto. En este sentido, “interpretar es empobrecer, reducir el mundo, para instaurar un mundo sombrío de significados”. No sólo se ve en el arte, sino que también se vio posibilitado por teorías como las desarrolladas por Marx y Freud, donde ellos aseveran que “comprender es interpretar”.
La critica que realiza Susan Sontag contra la interpretación no sólo se aplica a las pinturas, sino que también a todas las obras de arte: desde películas de cine, hasta fotografías y libros. La búsqueda de significados ocultos es “la manera moderna de comprender algo, y se aplica a obras de toda calidad”. La interpretación “viola” el contenido de la obra porque en su uso subyace la idea de que la obra esta compuesta por “trozos de contenido”: el arte se convierte en “un articulo de uso” y se sustrae entonces a una clasificación. Se lo degrada. Un atisbo de luz se vislumbra en el desarrollo del ensayo cuando Sontag dice que la interpretación a veces no prevalece. Sólo es posible cuando el arte es parodia o abstracto, como por ejemplo el pop-art.
A la par de Adorno y Horkeimer, Sontag critica la reproducción del arte y su superproducción en masa: “La nuestra es una cultura basada en el exceso, en la superproducción; el resultado es la constante declinación dela agudeza de nuestra experiencia sensorial”. Entonces lo que importa es recuperar los sentidos, para reducir el contenido y VER al objeto. Hay que ver lo que es, no lo que significa.

* Reseña realizada en 2006. Taller de Expresión I; Cátedra Analía Reale. Universidad de Buenos Aires; Facultad de Ciencias Sociales; Ciencias de la Comunicación.

martes, 8 de diciembre de 2009

PSICOLOGIA › RELACIONES ENTRE LOS GENEROS. NUEVAS SUBJETIVIDADES
“Se solía hablar de la mujer como objeto”
“La histérica victoriana, cuyos desmayos eran una expresión de distinción social, es muy diferente de las empresarias de la posmodernidad”, señala la autora de esta nota, que indaga en la noción misma de subjetividad.
Por Irene Meler *
Solemos entender por subjetividad un estilo personal, una forma idiosincrásica de percibir y significar la experiencia y, a la vez, una tendencia que caracteriza a determinada época o sector social. También recordamos que el concepto se relaciona con la capacidad de pensar y, por lo tanto, con la adquisición, que sólo se produce en determinadas circunstancias favorables, de una actitud reflexiva que implica tomar al sí mismo como objeto de análisis. Se trata de que la propia actividad del “sujeto” se tome como “objeto”. La actitud reflexiva supone también el desarrollo de la capacidad para cuestionar las significaciones imaginarias establecidas por el colectivo anónimo y para generar representaciones innovadoras.
Otra característica de la subjetividad es la acción deliberada, o sea la creación de un proyecto vital. Para Castoriadis, el sujeto es una creación histórica que puede o no advenir y se caracteriza por la reflexividad y la voluntad.
De modo que la subjetividad es entendida como un logro histórico en nuestra especie. Este concepto se emparienta con una categoría utilizada por D. W. Winicott, la de individuo. Consideró que no todos los seres humanos pueden ser considerados como individuos; sólo algunos logran emerger de la presión del pensamiento masivo, hegemónico en su sector social y en su época, para construir una capacidad reflexiva. De modo que ser un sujeto psíquico implica agencia, autoría, empoderamiento.
Edgar Morin se refiere a un estado de sujeción donde el individuo que se constituye en sociedades estamentarias, fuertemente estratificadas, obedece como un autómata la orden que emana de un poder autocrático.
Todos estos conceptos relacionan, de modo paradójico aunque constitutivo, la subjetividad, cuya etimología remite a la sujeción, con la autonomía, considerada siempre como una autonomía relacional.
En relación con esa tensión entre sujeción y autonomía es que se solía hablar de la mujer en condición de objeto, en tanto la mayor parte de las mujeres estaba en un estatuto de desubjetivación y respondía a los deseos de su otro privilegiado: un varón. Karen Horney consideró que las mujeres se suelen adaptar a las imágenes y fantasías masculinas acerca de ellas, o sea que su vida psíquica se caracteriza por cierto estado de enajenación, que, sin embargo, en algunos sectores aún está normalizado. La enajenación en el deseo de los otros primordiales es de algún modo inevitable, y buena parte del trabajo psíquico que desarrollamos a lo largo de la vida consiste en construir deseos que expresen al sí mismo. Pero el reconocimiento de esta invariante derivada de la inmadurez inicial de nuestra especie no debe subsumir en una generalización la puesta en visibilidad del sistema de géneros y la percepción de sus regulaciones como una de las bases fundacionales de la estratificación social. La diferencia sexual en sus aspectos simbólicos, imaginarios, prácticos e institucionales ha sido, hasta el momento, jerárquica y se ha caracterizado por la dominación masculina y la subordinación de las mujeres.
Para comprender las subjetividades masculinas y femeninas es necesario partir del supuesto general de la construcción social histórica de la subjetividad. La forma de ser, de pensar y de comportarse de las personas no es, como se pensó en el siglo XIX, un subproducto de su funcionamiento biológico, genéticamente determinado. Somos construidos por nuestros otros significativos, nos formamos al interior de los vínculos intersubjetivos, que no sólo están atravesados por el deseo inconsciente, como ha develado el psicoanálisis. No basta con considerar, como bien expresó Laplanche, que los mensajes enigmáticos que transmite el inconsciente sexualizado del adulto producen una implantación exógena de la sexualidad en los niños. Recordemos también que la sexualidad, tal como nos enseñó Foucault, tiene una historia. La pulsión se fragua en un contexto social, cultural, institucional. Edgar Morin construyó el concepto de Se, como expresión del consenso colectivo, devenido impersonal y naturalizado, acerca de los sentidos organizadores de la experiencia en una comunidad determinada. Esos sentidos construyen el marco en el cual transcurren las relaciones familiares o de intimidad, que a su vez plasman la subjetividad.
Para superar una perspectiva biologista acerca de la subjetividad, las diversas corrientes del psicoanálisis intersubjetivo nos ofrecen modelos de pensamiento acerca de la producción de deseo en los vínculos. Respecto del concepto de pulsión, hoy en día se discute en profundidad acerca de sus límites y alcances. Jessica Benjamin enfatiza que la energía libidinal es algo que emerge de una red vincular, del “entre” los sujetos en relación. Otto Kernberg considera que lo inconsciente está constituido por relaciones objetales interiorizadas, cargadas de sexualidad y de hostilidad.
Castoriadis considera que el inconsciente es una multiplicidad inconsistente de representaciones, deseos y afectos.
Eduardo Colombo sostiene un cuestionamiento radical del concepto de pulsión.
Para Laplanche, la pulsión proviene del otro, no del interior del cuerpo erógeno.
Todos estos autores, de uno u otro modo, ya sea que sostengan el concepto de pulsión como modelo teórico o que lo dejen caer, le asignan un sentido diferente al tradicional. Coinciden en poner énfasis en la intersubjetividad y se apartan del reduccionismo biologista.
Considero que el psicoanálisis que puede entrar en un diálogo productivo con los estudios de género es un psicoanálisis intersubjetivo, relacional, que no recurre a conceptos hipostasiados que se constituyen de modo imaginario en causas de los procesos que se intenta comprender. Me parece conveniente manejarnos en términos significativos humanos, más cercanos a la experiencia, y resignar en parte nuestras aspiraciones hacia la abstracción.
Si intentamos conectar el concepto de Ello que propone Morin con el correspondiente concepto psicoanalítico, veremos que ese autor reduce el Ello a disposiciones biológicas generales, universales. Resulta más productivo para mis propósitos el concepto, creado por Pierre Bourdieu, de inconsciente social. Lo inconsciente, lejos de representar sólo los aspectos invariantes que remiten a nuestra estructura neurobiológica como especie, sería un precipitado del proceso incesante de creación colectiva de sentidos. Pero no debe entenderse la referencia al sentido en su versión intelectual o verbal, sino que se trataría de un “sentido práctico”, o sea de formas de significar y actuar que responden a la modalidad que se ha podido inventar para hacer frente a una existencia siempre precaria y perentoria. Se trata de estrategias para sobrevivir, que están encarnadas en los cuerpos y expresadas en los actos. Esta postura está lejos de la referencia al lenguaje como la estructura de lo Inconsciente. Más bien alude a un inconsciente corporal, y actuado, donde la representación es nebulosa y no responde a la “lógica lógica”, sino a lo que Bourdieu denomina como Lógica práctica, o sea un razonamiento veloz, sincrético, reactivo, impreciso. El Ello freudiano no podría ser asimilado a las disposiciones biológicas universales propias de la especie, si aceptamos la caracterización de Kernberg acerca de su contenido vincular y pulsional. Hugo Bleichmar propone sistematizar los sentidos asignados a lo inconsciente, diferenciando lo que nunca fue consciente, lo no constituido, lo reprimido, aspectos inconscientes del Yo y del Super Yo, etcétera. Esta es una discusión teórica de gran interés, y sólo planteo sus lineamientos generales.
Las categorías más cercanas a la experiencia humana significativa en términos socioculturales parecen ser las más productivas para un campo de estudios que se ha enfocado sobre el cambio histórico. La invariancia es un aspecto para tener en cuenta como límite necesario de las transformaciones sociales, siempre y cuando recordemos, tal como lo señaló Gerard Mendel, que se ha extendido de modo ilícito la importancia de lo invariante, atribuyéndolo a una supuesta Naturaleza humana cuya existencia resulta más que dudosa.
Considero, entonces, que la teorización acerca de lo inconsciente social resulta de utilidad para una articulación fecunda entre el campo de los estudios psicoanalíticos y el de los estudios interdisciplinarios de género. Bourdieu también denomina a este inconsciente, inconsciente androcéntrico, y es aquí cuando nos acercamos al objeto específico de esta exposición, que consiste en las relaciones de género, o sea las relaciones sociales y a la vez intersubjetivas, entre mujeres y varones.
Podemos considerar a la masculinidad y a la feminidad como representaciones colectivas que funcionan de modo conjunto. Estas representaciones implican también un universo relacionado de prácticas y de instituciones sociales organizadas en torno de un dispositivo de regulación social que ha sido denominado sistema de géneros o sistema sexogénero. El género puede ser pensado entonces como una característica del psiquismo de cada sujeto, tomando al individuo como unidad de análisis. También, desde una perspectiva antropológica, como un dispositivo de regulación social, si recurrimos a una categoría utilizada por Foucault, o una “máquina” invisible –como han preferido expresar Deleuze o Godelier–, que regula las relaciones sociales de sexo. Vemos entonces que lo que Stoller denominó como “sentimiento íntimo” de ser mujer o de ser varón, o sea la feminidad y la masculinidad subjetivas, se fragua en un contexto que está organizado por regulaciones acerca de la diferencia sexual.
Si la subjetividad no surge desde “adentro”, o sea si superamos la perspectiva biologista y endogenista, y si tampoco responde a invariantes universales, sino que nos sorprende con su diversidad histórica y geográfica, es posible llevar a cabo estudios políticos sobre la subjetividad sexuada, o sea, captar la dimensión de la misma que está vinculada con las relaciones de poder. Ahora bien, Elizabeth Badinter nos advierte sobre la impostación, el carácter monolítico negador de la variabilidad de circunstancias locales, que puede implicar el recurso a un concepto de tal generalidad como los de dominación masculina o subordinación femenina. Conscientes de ese riesgo, podemos, sin embargo, considerarlo como una tendencia transhistórica persistente, que se extiende al menos desde el neolítico hasta la actualidad. Esta tendencia se encuentra hoy en una crisis que ha permitido que las relaciones de género se construyan como objeto de indagación. De otro modo, nos encontraríamos ante un statu quo naturalizado y, por lo mismo, sacralizado, considerado como parte de aquello que no debe ni puede ser cuestionado.
Existen diferentes formas de construir subjetividad y construir deseo, en torno de la línea que distribuye a los sujetos en lo que el psicoanálisis ha teorizado como la diferencia sexual simbólica. En el campo de los estudios de género tendemos a evitar en la actualidad una convalidación teórica de esta dicotomía, y preferimos el recurso a la categoría de diversidad sexual, para albergar de ese modo la variabilidad, multiplicidad y fluidez de las subjetividades, y evitar erigir una categoría del sentido común, en parte sustantiva de nuestro andamiaje teórico.
Se han registrado diversas feminidades y masculinidades. La asténica histérica victoriana, cuyos desmayos eran una expresión de distinción social, es muy diferente de las jóvenes ejecutivas o empresarias de la posmodernidad. El héroe guerrero, al estilo del samurai o del cowboy, presenta una masculinidad muy diferente de la del experto en sistemas o la del investigador.
Es conveniente mantener la tensión entre la percepción de una organización de géneros polarizada, dicotómica y jerárquica, que ha estructurado las culturas a lo largo de la historia, y el registro de su asombrosa diversidad. Se trata de una tensión paradójica que debe ser mantenida como tal, en el más puro estilo winnicottiano, entre la formulación de tendencias generales y la indagación de modalidades locales.
* Primera parte de la conferencia de cierre del XI Congreso Metropolitano de Psicología (APBA). Buenos Aires, en julio de 2008.
eoría de los Estudios de Género [editar]

El "género" o rol sexual en sentido amplio es lo que significa ser hombre o mujer, o también masculino o femenino, y cómo define este hecho las oportunidades, los papeles, las responsabilidades y las relaciones entre las personas. Además el género configura nuestra ontología (teorías sobre el ser) y epistemología (teorías del conocimientos), así como la maquinaria intelectual con la que pensamos las cosas atribuyendo significados cargados de género. .

El género o rol sexual está definido socialmente.[1] Nuestra comprensión de lo que significa ser una mujer o un hombre evoluciona durante el curso de la vida; no hemos nacido sabiendo lo que se espera de nuestro sexo: lo hemos aprendido en nuestra familia y en nuestra comunidad a través de generaciones. Por tanto, esos significados variarán de acuerdo con la cultura, la comunidad, la familia, las relaciones interpersonales y las relaciones grupales y normativas, y con cada generación y en el curso del tiempo.[cita requerida]. Estudios recientes vienen mostrando que también la idea "científica" de lo que es el sexo femenino o el mascilino ha cambiado a lo largo de la historia y que por tanto a la biología se le pueden atribuir significados diferentes (Véase Thomas Laqueur, La construcción del sexo). Es por ello que en la actualidad hay quien defiende que existen más de dos sexos biológicos (Véase Anne Fausto-Sterling, Cuerpos sexuados, La política de género y la construcción de la sexualidad)

A partir de estos "géneros" aparecen unos estereotipos, que son el conjunto de creencias existentes sobre las características que se consideran apropiadas para hombres y para mujeres. Estos serían la feminidad para las mujeres y la masculinidad para los hombres. Y estos estereotipos a su vez crean los roles sexuales, es decir, es la forma en la que se comportan y realizan su vida cotidiana hombres y mujeres según lo que se considera apropiado para cada uno.[cita requerida]. Plantilla:Hacia una identidad cultural en occidente Francois Thébaud, editor.

El género, lo define de forma sucinta la antropóloga mexicana Marta Lamas, como la construcción socio-cultural de la diferencia sexual.[cita requerida] Ella retoma las raíces de este estudio, originadas en el siglo XX con Margaret Mead en su libro Sex and Temperament in Three Primitive Societies, de 1935. La antropóloga estadounidense inició la idea revolucionaria entonces de que los conceptos sobre el género eran culturales y no biológicos. En las investigaciones realizadas por Margaret Mead en los años 30 en tres sociedades de Nueva Guinea constató que no todas las sociedades estaban organizadas de forma patriarcal, y en ese sentido la distribución de los roles entre mujeres y hombres era diferente a las de las sociedades occidentales, con lo cual hace un primer cuestionamiento al carácter "natural" de las diferencias entre ellos, incluyendo las físicas.

Este planteamiento sin dudas significa una primera aproximación a un análisis de esta realidad asignándole responsabilidad a elementos de la cultura específica de cada sociedad en el desarrollo de las diferencias entre mujeres y hombres, y sobre todo acerca de la asignación de funciones diferentes a cada uno. El Derecho es un campo particularmente sensible a las demostraciones a favor o en contra de los ideales abanderados por uno u otro género. Debido a sus pretensiones de ser universal y correcto, es un campo que es tomado como herramienta para intentar promover visiones de género que sean convenientes para el grupo en cuestión. El feminismo en especial ha sido muy activo en buscar una igualdad en el campo del Derecho que refleje sus pretensiones de igualdad de género. Éste intenta también tomar como referencia al mundo real y social y cómo se dan las relaciones interpersonales y grupales en éste, y al hacerlo, no sería ilógico ver que los grupos socialmente desventajados, como las mujeres, deberían serlo también en el Derecho. Sin embargo, esta visión tan formalista y radical del Derecho está fuertemente cuestionada por aquellos que ven en el Derecho una herramienta que puede y debe ser usada para el cambio, precisamente hace conceptos más equitativos, como en la protección y la igualdad real de la mujer.

También se introduce el concepto de género en la obra de John Money, psicólogo de Nueva Zelandia, quien realizó sus estudios en Harvard y en la Universidad de Pittsburg y luego ejerció su labor como profesional en la Clínica Psicohormonal de la Universidad de Johns Hopkins. Él usa el concepto gender por primera vez en el año 1951, para referirse a un componente cultural, fundamentalmente la influencia educativa, en la formación de identidad sexual Hasta esos momentos la identidad sexual era considerada sólo como una determinación biológica, es por eso que al referirse a este concepto como un aspecto que la cultura forma, constituye un aporte importante al conocimiento científico que, aunque se magnificó en ese momento, influyó en lo que posteriormente se reconoció como gender en inglés y género en español, dentro de la teoría feminista.

A pesar de que es en la década de los años 50 donde surge la emergencia de definir el concepto, su contenido fue variando hasta lo que hoy reconocemos. En los años 60 Robert Stoller (psicoanalista), elaboró conceptualmente el término en su libro Sex and Gender Más recientemente se observa como género también la homosexualidad y la transexualidad, que generalmente no eran merecedores de ese estudio por parte de los analistas clásicos. Este nuevo análisis corresponde a las nuevas realidades de género que se hacen evidentes en la sociedad.

En los años 50 el análisis de estos problemas estaba muy marcado por el enfoque biológico. Estas realidades históricamente han sido interpretadas culpando a las personas que están inmiscuidas en ellas más que a la sociedad y a la forma en que ésta se estructura. Por eso la solución a esos "malestares" no se orientaban críticamente hacia la sociedad; consecuentemente, sus propuestas no implicaban transformaciones en este sentido. Ese aporte de la psicología no fue suficiente ante el desarrollo que después alcanzó este concepto cuando lo esgrimían en la década de los 70 las feministas norteamericanas. En este sentido le precedieron dos planteamientos significativos para la ruptura con el pensamiento que prevalecía en la ciencia acerca de la mujer, que fueron los expuestos por Margaret Mead y Simone de Boauvoir antes expuestos.

El origen del género en la sociedad

Muchos son los estudios que pretenden explicar el origen del género a partir de una forma específica de organización que adoptaron las diferentes sociedades en su desarrollo y que trajo consigo una división sexual del trabajo. En esta división le correspondió a la mujer el espacio de la casa por su capacidad para gestar y amamantar a los hijos. El cuidado de ellos se le asignó más allá del tiempo en que era imprescindible su presencia, es decir, cuando ya cualquier adulto podía realizar esta función. Por proximidad espacial se ocupó del resto de las funciones vinculadas al espacio de la casa.

Una mirada más crítica de esta realidad apunta a que la capacidad de gestar y amamantar de la mujer le confería el poder de la garantía de su continuidad como especie, lo que le estaba vedado al hombre. La inseguridad de los hombres acerca de la paternidad de los hijos y su necesidad de tener esa certeza cuando había acumulado riquezas y quería transmitirla a su descendencia, fueron condiciones que indujeron la idea del control de la sexualidad de las mujeres mediante el matrimonio y el confinamiento al espacio de la casa como garantía de seguridad para la paternidad de la descendencia y de la conservación de los bienes acumulados. La existencia de una sociedad sin género es un tema en discusión, sin muchas evidencias para probarlo; pero de lo que si hay un convencimiento es de que las formas en que se dan las relaciones entre mujeres y hombres, y los roles asignados a cada uno, varían de una sociedad a otra, lo que apoya la idea del carácter construido por la influencia cultural de lo que denominamos género, y de la necesidad de realizar el análisis de cualquier realidad, a partir de su contextualización sociohistórica.

Sin embargo, toda la diferenciación y la identificación de los géneros como lo visto anteriormente tiene también consecuencias sociales menos que deseables. La diferenciación misma del género, al igual que en casos como la raza o las tendencias religiosas, genera choques cuando se intenta imponer una sobre la otra. En palabras de Maria Mercedes Gómez (Los Usos Jerárquicos y Excluyentes de la Violencia - en Justicia y Género en América Latina)"la violencia por prejuicio tiene, entonces, entre sus causas primordiales la necesidad de marcar diferencias entre colectividades hegemónicas y no-hegemónicas con el fin de reproducir arreglos sociales que benefician a las primeras... por ejemplo, la violencia contra las mujeres emerge como problema social en un contexto de misoginia, la violencia contra los hombres gay, las lesbianas y los transgeneristas en un contexto de heterosexualidad obligatoria y de homofobia y la violencia contra una raza en un contexto racista". En estos casos de género, donde las personas no sólo pertenecen a las características “normales” (el uso de la palabra normal siempre es excluyente pues intenta estandarizar un deber ser para todos) sino también a grupos diferenciados, es solo visible en la hostilidad de su forma de relacionarse con los otros grupos. La creación de estas categorías y aún de los mismos mecanismos legales para combatirlas puede ser en sí misma un arma discriminatoria, pues crea la apariencia de que la igualdad formal opera y que por lo tanto no es necesario preocuparse por la igualdad material, que es la que realmente afecta la vida de los individuos en los grupos discriminados por el género, pues normativamente es muy difícil establecer reglas positivas que apunten directamente contra ellos. Lo que ocurre entonces, en sintonía con esta invisibilización, es que se crean normas que aparentemente no son directamente discriminatorias contra un género, pero sí lo son al aplicarlas. Un ejemplo de esto es el intento legislativo de definir como matrimonio una unión entre un hombre y una mujer, pues degrada las uniones que puedan existir entre otros géneros. -


EN ARGENTINA


Las mujeres argentinas encarnan en su historia aquella paradoja según la cual su aporte y participación en el desarrollo del país desde la independencia y en las luchas sociales del siglo XIX y comienzos del XX, no tuvo como resultado mejoramientos sustantivos en su condición y, más aún, apenas han sido registrados.

Con una temprana secularización e incorporación de las mujeres al sistema educacional, la llegada de migrantes europeas da a la acción femenina argentina particularidades de radicalidad y compromiso social, en una sociedad que se urbaniza muy tempranamente, con serios problemas laborales, de servicios básicos y calidad de vida. Sus ámbitos de acción fueron la educación, la asistencia social, las luchas obreras y feministas. Se conformó entonces una generación de intelectuales, profesionales y líderes políticas. sindicales y feministas que lucharía por mejorar sus condiciones laborales y modificar las leyes que las discriminaban. Recién en 1926, con las reformas al Código Civil, incrementaron sus derechos civiles.

Mientras el voto universal masculino fue reconocido en 1912, sólo en 1921 obtuvieron el voto municipal las mujeres de la provincia de Santa Fe y en 1927 el voto municipal y provincial las de San Juan. En su conjunto, debieron esperar hasta 1947 para lograr el derecho a voto en elecciones presidenciales y federales.

Las argentinas transformaron tempranamente, a continuación de las uruguayas, sus rasgos demográficos, producto tanto del tipo de desarrollo demográfico global del país (fuerte inmigración adulta, rápida urbanización concentrada, etc.), como del pronto cambio del patrón reproductivo de las propias mujeres. De esta forma, a medicados de siglo las argentinas presentaban, ya características que serían alcanzadas por otras mujeres latinoamericanas treinta años después. En efecto, al llegar los años cincuenta, ya eran fundamentalmente urbanas y tenían un promedio de tres hijos durante su vida fértil. Estas características se acentuaron durante las últimas tres décadas, produciendo un relativo envejecimiento poblacional que afecta más a las mujeres, dada su mayor longevidad.

Las argentinas participaron en el desarrollo socioeconómico del país desde el origen de éste, si bien esta participación sólo es medida cuando actúan en el mercado laboral y no cuando trabajan en el ámbito doméstico. En todo caso, la presencia laboral femenina es también de antigua data, aunque en los últimos veinte años ha crecido considerablemente. Este incremento experimentado, que aumentaba radicalmente su nivel educativo, no ha producido un cambio paralelo en las condiciones generales de trabajo de las mujeres, que siguen obteniendo menores ingresos que los varones y ocupando profesiones tradicionalmente femeninas.

Las condiciones de salud y educación de las mujeres son relativamente buenas en el contexto regional, aunque hace veinte años eran comparativamente mejores. Las condiciones sanitarias básicas, en tanto, sufrieron un desmedro desde mediados de los setenta, al tiempo que se deterioraba poderosamente el sistema de salud. Con ello aumentaba la carga de trabajo de la salud familiar que regularmente realizan las mujeres. Por otra parte, es necesario destacar que el examen de la situación de la salud de las argentinas tropieza con deficiencias de información apreciales, en especial respecto a su salud reproductiva.

Con una accidentada historia política, marcada por el fenómeno del Peronismo, la democracia argentina sufrió una dramática interrupción con la dictadura militar de 1976 - 1983. La violenta represión que dejó 30.000 detenidos desaparecidos, tuvo como respuesta la organización de mujeres y familiares de las víctimas. Las Madres de la Plaza de Mayo marcaron un hito en la acción colectiva de mujeres en toda la región. La politización de lo privado sacó a las mujeres a la arena política, llegando a una acción decidida al invadir el gobiernio militar la Islas Malvinas y enviar cientos de jóvenes a la guerra y al desastre. Poco después los militares debieron convocar a elecciones.

Al recuperar la democracia, los esfuerzos de las mujeres en el ámbito político se tradujeron en la creación de instancias especializadas de gobierno, a nivel federal y provincial, para la formulación de políticas públicas destinadas a mejorar la condición femenina. En la actualidad funcionan un Consejo Nacional de la Mujer y un Gabinete de Consejeras Presidenciales con igual propósito. También han logrado la aprobación de la Ley de Cupos, que obliga a los partidos a llevar candidatas mujeres a cargos de representación, cuya aplicación, aún incompleta, ha permitido una mayor participación femenina en la Cámara de Diputados.

En el ámbito de la acción social colectiva de mujeres, Argentina cuenta con numerosas organizaciones, entre las que destacan tanto grupos de base como organizaciones feministas, centros académicos y de investigación, ONG de desarrollo social, organizaciones políticas, sindicales y asociaciones gremiales. Si bien el mayor número se concentra en Buenos Aires, diversas provincias cuentan con valiosas experiencias e iniciativas de mujeres.

Actualmente tanto los organismos oficiales como las ONG de mujeres se aprestan a recibir en Mar de Plata, en Septiembre de 1994, la Conferencia Regional Latinoamericana, preparatoria de la Conferencia Mundial de la Mujer a realizarse en Beijing en 1995. Miles de mujeres de toda la región se han dado cita en Argentina para llevar una postura común a esa Cumbre que evaluará los avances de las mujeres en el mundo entero.

El proyecto de investigación Mujeres Latinoamericanas en Cifras fue coordinado en Argentina por Rosalía Cortés, investigadora de FLACSO - Buenos Aires. La presentación de resultados fue realizada por la Coordinación Regional del proyecto, atendiendo a las necesidades de comparación del caso argentino con el resto de los países de América Latina.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

trabajo practico nro 4. los simpsons.ROL DE LA MUJER

Subido el 11 Marzo 2009 10:10 pm. En la categoría Noticias del Espectáculo.
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Nuevamente, Los Simpsons generan gran polémica en el mundo entero. En esta oportunidad la encargada de hacerlo fue nada más y nada menos que Marge Simpson, quien protagonizó un beso lésbico con Lindsay Naegle en uno de los últimos capítulos emitidos en Estados Unidos por la pantalla del Canal Fox. Pero este destape de la ama de casa no fue más que una fantasía de su marido, Homero, quien dejó correr su imaginación como producto de una borrachera.

Sin lugar a dudas el gran éxito de Los Simpsons es que ellos representan a la familia típica por lo que cada uno de sus televidentes se pueden identificar con alguno de sus personajes o de las diferentes situaciones por las que atraviesan. Al igual que todos los seres humanos, Homero yMarge Simpson tienen fantasías sexuales, las cuales muy rara vez son llevadas a la pantalla de televisión

Gracias a unas cervezas que bebió de más, Homero pudo exteriorizar una de estas fantasías. La misma es una de las más comunes que existen entre los hombres, tener sexo con su mujer y otra al mismo tiempo. Obviamente, como se trata de una serie animada, la misma se vio reducida a un apasionado beso.