jueves, 23 de julio de 2009

LA OBRA

La Obra será un caja semejante a la que se utiliza para revelar fotos, en una de las caras, por las que pasarán mis manos. Atravesarán dos mangas (como se hace con las fotos) y estarán pintadas con motivos de animales y árboles. Ellas danzarán abrirán y cerrarán el cortinado tratando de tomar las del espectador, representando la vinculación y sentimientos de los elementos presentados.
La otra cara de la caja (prisma rectangular),contraria a la descripta , llevará un velo para abrir. En el interior de la caja habrá agua de río y pecesitos. Luces de colores en las paredes.

La idea central a desarrollar es la relación armoniosa y natural que hay entre los elementos que componen la naturaleza, transformación mágica que realiza Juanele, con características propias del arte oriental y la simpleza de las cotidianidad.
La cotidianidad se vuelve “sublime” en las manos de este poeta. La armonía del ciclo de la vida en cada ser y a la vez en la totalidad del Universo. La representación de los vínculos entre seres humanos, animales, plantas, agua, río, cielo y los sentimientos que entre ellos se plantean. A veces los objetos y animales cobrando carácterísticas humanas acercándolo a la especie.
Juan L. Ortiz, Localismo y universalidad en Juan L. Ortiz
Cuando ese exquisito poeta griego llamado Odisea Elytis, premio Nobel de literatura 1979, escribe en el poema “Cuerpo de Verano”, de su libro “Sol el primero”:
“Ahora el cielo quema incienso
Las frutas tiñen sus bocas
Los poros de la tierra se abren poco a poco
Y junto al agua que gotea silabeando
Una planta enorme mira al sol fijamente!”
está bien lejos de describir un paisaje determinado, aún cuando en sus poemas se presente una y otra vez el profundo azul del mar helénico y la luminosa transparencia de su cielo.

Cuando Juan Laurentino Ortiz, nacido el 11 de junio de 1896 en Puerto Ruiz, Departamento de Gualeguay, Provincia de Entre Ríos, escribe en el poema “Deja las letras”, de su libro “De las raíces y del cielo”:
“El sol ha bebido sus propias perlas
y hay apenas de ellas una memoria por secarse…
No temas, no temas, y mira, mira hasta las islas…
¿Viste alguna vez la melodía de los brillos?
¿La viste ondular, todavía de gasa,
desde tus pies al cielo, sobre el río?”
también está bien lejos de describir un paisaje. Apenas si se apoya suavemente en él, lo hace penetrar en su corazón y lo transforma en poesía. Una poesía de esplendorosa espiritualidad donde convive su decir siempre delicado y leve con una infinita piedad hacia la condición humana.

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