Para que su poética sea a la vez completamente localista y absolutamente universal, Juan L. Ortiz no necesitó viajar demasiado a lo largo de su vida. El complejo recorrido por sus senderos interiores, poblados de “cielos que se cerraban sobre un monte lleno de largos brazos negros y miradas lívidas” que había comenzado en Gualeguay, continuó en Mojones Norte, enclavado en plena selva de Montiel donde su padre fue capataz de estancia, continuó luego en Villaguay para regresar, a los diez años, a su amada Gualeguay.
Entre estos pocos kilómetros, sin embargo, se fue conformando un niño contemplativo inclinado a la soledad, actitud que se constituirá en una de sus marcas indelebles. Tanto, que a pesar de recordar con afecto sus escapadas a Buenos Aires, de la que rescataba la bohemia de una pobreza enriquecida por sus estudios libres en Filosofía y Letras, las clases de literatura en la Universidad de La Plata, su relación con algunos amigos entrañables y, sobre todo, la lecturas de poetas que le fueron abriendo su propio camino, nunca pudo soportar el movimiento vertiginoso y agitado de la gran ciudad.
Era dueño de una formación literaria envidiable. Rilke, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Mallarmé, Pound, Eliot, Maeterlinck, Tolstoi, entre una lista interminable de autores, fueron sus inseparables compañeros junto al sereno transcurrir del río Gualeguay. No obstante, o precisamente por ello , su primer libro “El agua y la noche”, selección de poemas manuscritos, apareció recién en 1933, gracias a la insistencia de Córdoba Iturburu, César Tiempo y, especialmente, de su gran amigo Carlos Mastronardi.
En su segundo libro “El alba sube”, publicado en 1937, no sólo el paisaje cobra mayor protagonismo sino que va afirmándose con más fuerza su despojamiento de las cosas materiales. Este desapego será uno de los pilares que le permitirá alcanzar el sello distintivo de una exquisita espiritualidad. En el poema “Hay entre los árboles” se pregunta:
“¿Hay entre los árboles una dicha pálida.
final, apenas verde, que es un pensamiento
ya, pensamiento fluido de los árboles,
luz pensada por éstos en el anochecer?”
Pero ha de ser en “Fui al río” de su tercer libro “El ángel inclinado” (1938), donde Juanele celebra con incontenible alegría su fusión con la naturaleza, la que ya nunca volvería a ser la otra parte de la ceremonia dialógica. Por fin, él era el río y el río era él.
“Regresaba
--¿Era yo el que regresaba?--
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
¡Me atravesaba un río, me atravesaba un río!”
Esta consustanciación no excluía, ciertamente, un agudo dolor por la guerra civil que en ese momento padecía España. Cuando Rilke decía que el día de nuestro nacimiento encamina tanto a morir como a vivir estaba hablando con dulce piedad acerca de la inevitable angustia que le producía la finitud del ser, angustia que mitigó a través de la lectura de la Biblia y su profunda fe en Dios. La sensibilidad de Juanele tenía el mismo tono mayor que la de su admirado Rilke, sólo que fue depositando la esencia de su fe en un sincretismo, abarcador por definición, que fusionó lo inefable de sus percepciones con los elementos concretos del paisaje. Esta maravillosa fuente fenoménica le permitió elaborar una poética de gran belleza lírica, de hondo sentimiento de misericordia tanto hacia lo humano como hacia los elementos y criaturas de la naturaleza. Modeló cada palabra creando delicados matices de una sutileza incomparables, emergiendo, así, una inmanencia con mucho de trascendencia.
En “La rama hacia el este” (1940) pero más aún en “El álamo y el viento” (1947), muestra el conflicto anidado en su alma: Vivía en la natural serenidad de su entorno y a la vez, sentía una desgarrada impotencia por el espanto que significó la segunda guerra mundial. Los temas insisten sobre el dolor, la angustia y el mal, como odioso contaminante.
Por otra parte, en “El álamo y el viento” se pueden leer sus primeros poemas extensos donde, a pesar de que el seguimiento de su decir se asemeja a un andar por meandros, no desdeña por cierto el ordenamiento de la narrativa. En estos poema es posible internarse en su particular cosmovisión del universo, a través de sus constantes percepciones y su permanente lirismo. Los poemas “Las colinas” de “El alma y las colinas” y “Gualeguay” de “La brisa profunda”, son dos claros ejemplos de ello. Es en este libro donde intenta, además, el develamiento de la esencia de todo cuanto le rodea bajo la forma de interrogaciones. Preguntar y preguntarse. Traspasar lo oscuro y ver en qué consiste el misterio, llegar hasta la despersonalización si fuese necesario para poder así informar acerca de sus hallazgos. Sólo que la luz que esplende detrás de la oscuridad nos observa y nos retacea su grandiosidad, quizá porque nuestra capacidad de comprensión es insuficiente para aprehenderla.
En sus libros posteriores “El aire conmovido” (1949), “La mano infinita” (1951), “La brisa profunda” (1954), “El alma y las colinas” (1956) y “De las raíces y del cielo” (1958), la red que va tejiendo con su natural compasión por todas las criaturas vivientes, la memoria recreadora de lo que amó, y la captación de los sutiles colores y las voces que emanan de la naturaleza, se va haciendo cada vez más compleja y, paradójicamente, también sus visiones se despojan más.
“El junco y la corriente”, producto de lo vivenciado en su viaje a China y otros países de Oriente, y “La orilla que se abisma”, fueron publicados en 1970. Con prólogo de Hugo Gola apareció en Rosario “En el aura del sauce” -que los incluye-, antología de lectura imprescindible, gracias a la cual es posible sentir el placer por la multiplicidad de imágenes y riqueza de símbolos en una poética casi despojada de metáforas.
En 1942 se radicó en Paraná hasta donde llegaban, a manera de una peregrinación laica, amigos entrañables, estudiosos de su poética y poetas de todas las edades pero, y sobre todo, lo visitaban los jóvenes atraídos no sólo por la calidad de su poesía sino por la transparencia de su conducta. En Juan L. Ortiz, poesía y vida son por completo inseparables. Tanto que de su ética surge su estética y su estética profundizará su ética.
El 2 de setiembre de 1978 Juanele abandonó definitivamente su cuerpo, el que fue llevado de regreso a su amado Gualeguay, quedando para siempre su espíritu con nosotros, caminando entre las páginas de sus libros.
Ketty Alejandrina Lis
jueves, 23 de julio de 2009
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